El Niño y su Mundo – Aprendiendo a Hablar

04/24/2017 Familia

Oyendo e interpretando los sonidos, el niño  aprende a relacionarse con el mundo. Pero las  expresiones faciales, la mímica y los gestos  también forman parte de la comunicación humana

Copiado de “Enciclopedia de La Vida”

Actualmente, todos hablamos de comunicación, “Comunicar”, “comunicador”, “comunicado”, son vocablos de uso constante. Comunicar significa simplemente trasmitir algo a alguien, siendo necesario para eso un código inteligible para ambas partes; es decir, un medio que permita a alguien enviar un mensaje a otra persona.

El lenguaje hablado es el código más usado en la vida diaria. A pesar de que existen muchas formas de lenguaje –como el escrito, el de los gestos, o el formado por señales-, la comunicación a través del habla es la más compleja de todas las conquistas logradas por el hombre en su evolución.  Por ello, a pesar de haber sido estudiada exhaustivamente, su aprendizaje y sus mecanismos aún encierra muchos misterios.

Algunos hechos, no obstante, ya son bien conocidos por los especialistas: una de las maneras de evaluar el progreso general del niño, es observar la cantidad y la calidad de los sonidos que emplea a diario. El desarrollo mental y el de la personalidad infantil están íntimamente asociados con las oportunidades que se le brindan al niño para aprender a hablar.

La comunicación oral empieza a desarrollarse muy temprano. Un bebé de pocos meses ya ve profundamente influido su aprendizaje por la forma en que lo ve su familia, por la manera en que es incentivado para practicar el uso de las palabras y por la aprobación que recibe al hacerlo. Por esta razón, la “conversación” que la madre mantiene a diario con él, es importante para que pueda adquirir  un vocabulario básico, que se irá enriqueciendo podo a poco a través de múltiples experiencias y y contactos con otros seres humanos.

Los mejores instrumentos para enseñarle a hablar al niño son sus juguetes, y la mejor escuela, un hogar en el que disponga de espacio para jugar. Dentro de ese mundo colorido, seguro y lleno de afecto, el niño aprende a observar, a escuchar y a participar en los acontecimientos interesantes de la vida diaria, estableciendo una relación agradable con personas que están a su alrededor.

El largo camino

De la misma manera en que mirar y ver son dos aspectos diferentes de la función visual, oír y escuchar son facetas diversas de la función auditiva, y lenguaje y habla son formas diferentes de la expresión verbal.

Es difícil determinar con precisión las faxes del desarrollo del lenguaje o la edad exacta en que cada una de ella debe ponerse de manifiesto. Factores genéticos, ambientales, fisiológicos y psíquicos determinan el ritmo con que cada niño aprende a hablar..

A poco de nacer, el bebé comienza a comunicarse a través del llanto y, y a las pocas semanas, emite suspiros y sonidos guturales cuando se siente contento. Denota evidentes reacciones de temor ante sonidos inesperados e intensos, y a veces hasta es capaz de ponerse a llorar con solo escuchar una voz humana u otro sonido de tonalidades más o menos semejante. Se cree que estas reacciones de las primeras semanas son de carácter reflejo.

A las cinco o seis semanas, el bebé ya mira a su madre y le sonríe cuando lo toma en brazos. Pocos días después, empieza a demostrar alegría cuando la madre se acerca a él, emitiendo una especie de balbuceo, y algún tiempo más tarde da muestras de satisfacción al oír la voz materna. Este hecho demuestra que el pequeño asocia el mencionado sonido con la imagen de la madre y con hechos agradables.

A los tres o cuatro meses, una cara sonriente o una voz amistosa hacen sonreír al bebé y lo inducen a emitir formas primarias de vocalización y a mover con evidentes muestras de excitación todo su cuerpecito. Estas manifestaciones del niño inducen aún más a los padres a “conversar” con el hijo y a ayudarlo a progresar poco a poco.

El estímulo es importante

Una madre cariñosa dedica varias horas a dialogar con su hijo. Esto es muy importante para la relación madre-hijo, y decisivo para la rápida estructuración del lenguaje oral del bebé. Los especialistas han comprobado que la interrupción de dichos estímulos determina una declinación acentuada en la vocalización.

Alrededor de los cuatro meses, el bebé empieza a poner atención a su propia voz y a practicar, mientras se encuentra solo, los sonidos que ha aprendido, al mismo tiempo que observa los movimientos de sus brazos y piernas. Las vocalizaciones típicas de este periodo constan, por lo general, de una o dos sílabas –como “ma”, “papa”, “nene”, “baba”, “aro”, “tata”, “dada”- que el pequeño repite indefinidamente. A los seis meses, sus murmullos ya adquieren un significado emocional definido y la vocalización se vuelve más frecuente y estentórea.

Un paso importante

Unir sílabas

Aun cuando el pequeño no establezca todavía relación alguna entre estos sonidos y las figuras del padre y de la madre, sus progenitores generalmente interpretan estas sílabas como si se tratara de un llamado y de una manifestación de reconocimiento. Cuando se produce este “memorable acontecimiento”, el bebé tiene ya de ocho a nueve meses.

Un mes más tarde, el pequeño pone de manifiesto a través de diversas reacciones, su capacidad para distinguir perfectamente el tono afectuoso, juguetón o autoritario con que las demás personas se dirigen a él. A los once meses logra comprender la mayor parte del lenguaje simple que se usa a diario en el hogar.

Un año de edad: ahora el niño reconoce su nombre y se da vuelta cuando alguien lo llama. Es capaz de señalar a los diversos miembros de la familia si se pronuncian sus nombres, e imita el “gua-gua” del perro y los gritos de otros animales domésticos. Hace también varias “gracias”: bate las palmas, dice adiós con la mano, imita el sonido de la bocina de un automóvil y pronuncia muchas palabras, a pesar de que aún tendrán que transcurrir algunas semanas –y hasta meses- antes de que pueda emplearlas correctamente.

En la recta final

A los catorce meses el niño se desplaza rápidamente por la casa, apoyándose en los muebles, gateando o incluso caminando solo. A veces, mientras perfecciona esta habilidades ambulatorias, se olvida un poco de practicar el lenguaje hablado.

 

También el comportamiento global del niño sufre modificaciones sustanciales en esa época. Ahora, sabe lo que quiere comunicar a la madre o a los adultos en general, pero mucha veces no logra hacerse entender. Esto lo poner nervioso e irritado.. la madre con poca experiencia puede interpretar esta alteración pasajera del comportamiento como un problema de educación y, como consecuencia de ello, se volverá más dura y exigente con él. Esta actitud es completamente negativa. Si se demuestra comprensión frente a las dificultades que el niño enfrenta en esta fase de su desarrollo, la irritación y el nerviosismo desaparecerán, o bien disminuirán sensiblemente a medida que el pequeño consiga expresarse mejor.

 

A los quince meses, aproximadamente, un niño normal es capaz de decir en forma inteligible unas seis palabras, pero puede comprender el significado de muchas más. Ya puede obedecer órdenes simples como: “dale un beso a mamá”; “trae los zapatos de papá” o “cierra la puerta”. Comprende también afirmaciones cortas y decisivas como: “se terminó” o “vamos a dormir”. Al llegar al año y medio,  empieza a emplear unas diez o veinte palabras perfectamente comprensibles.

Poco antes de los dos años, ya es capaz de representar escenas o de referirse a objetos del “mundo exterior”. Reflejando sus múltiples experiencias en juegos del tipo “como si”, sabe fingir, está manejando un automóvil, volando como un avión o hacer ver que anda a caballo. Puede “beber” un café imaginario usando una tapita como pocillo, o imitar los gestos de alguien que está fumando un cigarrillo. Remedando las situaciones que vive a diario, es probable que “ponga a dormir” a sus muñecos o juguetes, y que les diga “buenas noches” o “que duermas bien”, repitiendo los gestos o las palabras que los adultos usan como él en situaciones semejantes. Comprende por lo menos cuatro o cinco veces más palabras de las que habla, y demora algunas semanas para usar con naturalidad los sustantivos que registra y almacena en su memoria.

Dos años: ya forma frases

Cuando el niño completa sus dos primeros años de vida, usa aproximadamente cincuenta palabras y empieza combinarlas de a dos o de a tres, en cortas frases. Al principio, estas oraciones son sólo órdenes o pedidos: “Pedrito quiere leche”; “El nene quiere pasear”. Otras veces son declaraciones simples como: “Nene cayó”; “Papá se fue”.

 

Poco después comienza a formular preguntas relacionadas con acontecimientos que involucran nociones de lugar y de tiempo.  A partir de ese momento, su lenguaje se desarrolla rápidamente –vocabulario y sintaxis-, a pesar de que su pronunciación aún no es del todo correcta.

 

A los dos años y  medio llega a la “famosa” etapa de las preguntas: ¿Qué cosa? ¿Quién” ¿Dónde? En ese momento, el niño ya usa correctamente algunas preposiciones y pronombres personales pero se sigue refiriéndose a sí mismo por su nombre o llamándose  “nene”. Le gusta cantar, bailar y escuchar música. A los tres años, utiliza 250 a 500 palabras, emplea correctamente la mayoría de los pronombres y de las preposiciones, y logra hacerse entender aún por personas extrañas. Hay algunos defectos de pronunciación que son típicos de este periodo (como el intercambio de la “r” por la “l” o el uso abusivo de la “t”). Por ejemplo, en ves de decir “Papá salió con el auto”, dirá “Papá talio con el auto”.

A los cuatro años, el lenguaje del niño cuenta ya con un vocabulario más o menos extenso y con una estructura gramatical y una sintaxis aceptables.. el pequeño suele hacer preguntas respecto al significado de las palabras y de las nociones de espacio y de tiempo. Cuenta historias y discute. En resumen, se comunica oralmente con las personas y con el mundo, lo que representa un gran paso en el proceso de integración a la comunidad.

‘Se puede ayudar al bebé a aprender a hablar?

 

De la misma manera en que no es posible enseñar a un niño a sentarse o a caminar, tampoco se le puede enseñar a hablar. Mientras no exista ningún impedimento orgánico o psíquico, el bebé empezara a usar el lenguaje oral cuando se encuentre capacitado para hacerlo. No obstante, el niño puede ser ayudado para que acelere o perfecciones dicha habilidad.

Todas las madres usan espontáneamente un lenguaje infantil cuando conversan con sus hijos. A medida que el niño va crecie3ndo, empieza a asociar los objetos a las palabras que se usan para designarlos; por esta razón, lo mejor es que los adultos usen solamente el lenguaje correcto. Así el niño podrá aprender el verdadero significado de las distintas palabras.

Por otra parte, debe estimulársele para que hable acerca de sus experiencias diarias. La atención que se le preste cuando relata, aunque en forma imperfecta, los acontecimientos que vivió en ese día, es muy importante para que adquiera confianza en sí mismo y en su capacidad para comunicarse. Por el mismo motivo, tampoco es aconsejable que los padres corrijan constantemente los errores de pronunciación de los hijos. Esta costumbre puede hacerle retroceder en su proceso de aprendizaje.

Mucha gente quiere saber si es posible aprovechar la extrema facilidad que el niño tiene para aprender, enseñándole desde muy pequeño un segundo idioma. A pesar de que la capacidad del niño para adquirir nuevos conocimientos es realmente extraordinaria, se ha observado que a veces los niños criados en el seno de familias bilingües les cuesta más aprender a hablar, porque tienen que llegar a asimilar dos voces diferentes para designar cada cosa. Si es muy inteligente, el niño puede llegar a dominar rápidamente este mecanismo, pero en líneas generales, es preferible que primero sea capaz de nombrar los objetos en un idioma, antes de empezar a aprender otro.

Un tema aparte son los niños que presentan deficiencias auditivas. Hasta los seis meses, aproximadamente, resulta difícil advertir diferencia alguna entre un bebé normal y el bebé deficiente. Después de superada esta edad, la falta de respuesta adecuada a los sonidos y la vocalización escasa y monótona, ponen en evidencia que hay un problema de tipo auditivo. En estos casos, un especialista determinará cuál es el mejor camino a seguir para que el niño halle lo más rápidamente posible la forma de comunicarse con el mundo.