¿Está en peligro la Familia?

02/14/2017 Familia

Hay quienes consideran el estilo de vida del mundo  actual incompatible con la estabilidad de los lazos  familiares. ¿Qué ha ocurrido con la familia del pasado,  y cómo llegará a ser el futuro

Copiado de “Enciclopedia de La Vida”

Para millares de jóvenes de todo el mundo, la segunda mitad del siglo XX tiene un significado muy especial. Marca el comienzo de la era de Acuario, circunstancia que, según los astrólogos, traería consigo la solución de todas las disputas que dividen a la humanidad. Liberados de los horrores de la guerra, podremos por fin dedicarnos por entero al cultivo de las flores, del amor, de la música pop y de otras “amenidades” de la vida, para usar esta simpática expresión británica

Otros profetas, por el contrario, pintan una imagen mucho menos colorida de nuestro futuro. Ellos sostienen que estamos asistiendo a la decadencia de las más importantes de las tradiciones de el mundo civilizado y, muy especialmente, a la de la institución más cara y sagrada: la familia. Es muy posible que usted se haya cruzado alguna vez con uno de estos tres profetas. Es fácil reconocerlos: siempre están dispuestos a describir las delicias “de los buenos tiempos que no han de volver”, y comentan con términos severos la “locura de las nuevas generaciones. Entre los síntomas de la disolución de la familia, señalan detalles como el acortamiento de las faldas de las jovencitas y lo reducido del tamaño de sus bikinis; los largos cabellos de los jóvenes; la irreverencia de ambos sexos y, como era de suponer, el estridente sonido de las guitarras de los conjuntos de música pop.

Curiosamente, en lo que dicen acerca de la familia, parecería haber una cierta coincidencia entre los viejos nostálgicos y los jóvenes eufóricos. Muchos de estos últimos también sostienen que no todo anda bien en la familia actual, pero no lamentan este hecho. Desde su punto de vista, la institución que tanto valoraban, sus padres y abuelos ya está superada. Hasta tal punto están convencidos de sus teorías, que todo aquello que esté relacionado con la familia les despierta sentimientos de desconfianza.

MARIDO, MUJER E HIJOS

Sería una muestra de ligereza extender el certificado de defunción a la familia basándose apenas en algunos testimonios de su supuesta muerte o agonía. Hay otros testimonios que no deben ser dejados de lado: hay personas que bien, mal o regularmente, viven en familia y no se muestran muy asustadas (ni satisfechas) ante la perspectiva de la decadencia de la institución. Sin lugar a dudas, este tipo de personas constituye la gran mayoría de la población actual.

Por otra parte, es conveniente definir claramente a nuestra “víctima” en potencia. La palabra “familia” es empleada en las sociedades occidentales modernas con dos sentidos, por lo menos. En un caso se hace referencia a lo que los antropólogos acostumbran llamar unidad doméstica; es decir, un grupo de personas que viven juntas. En nuestro caso, este grupo está formado normalmente por el marido, la mujer y los hijos. No es raro que incluya también algún otro pariente próximo, c0mopor ejemplo los padres de la mujer o una hermana del marido, en un sentido más amplio, se usa el término para designar un conjunto más o menos grande de parientes de una persona que incluye a tíos, tías, primos y antepasados, tanto del lado paterno como del materno.

¿A cuál de estas dos acepciones del término se refieren los defensores y los críticos de la familia? Es probable que ambos lo hagan, preferentemente, a la primera. Si existe alguna “crisis” que perturbe el tipo de relaciones familiares vigentes en la sociedad moderna, su manifestación más evidente es el debilitamiento de la autoridad paterna, es decir, el tradicional “jefe del hogar”. Una lista que incluyera todas las situaciones que ponen en evidencia este fenómeno, no tendría fin: la jovencita que se rehúsa a aceptar y obedecer el horario que se le trata de imponer en sus salidas nocturnas; la esposa que insiste en gastar cómo le plazca el dinero que ella misma se ganó con su trabajo; el adolescente que arma un escándalo cuando el padre le manda cortarse el pelo por considerar que lo tiene demasiado largo.

En una sociedad en la que el patriarca tiene una tradición de siglos, es natural que actitudes como las descriptas alarmen a mucha gente.

Desde la época de los antiguos griegos, el dominio del padre dentro de la familia ha sido constante en la historia de la civilización occidental. El cristianismo conservo intacta la veneración por la imagen del patriarca, que tan frecuentemente es descripta en las páginas del Viejo Testamento.

UNA UNIDAD PERFECTA

Para expresar la perfecta armonía que debería reinar entre las parejas, los ingleses solían decir que “marido y mujer son una única persona, y esa persona es el marido”, Él era quien controlaba todas las propiedades de la familia, incluyendo la dote de la mujer. La esposa no tenía el derecho de asumir ninguna especie de compromiso jurídico o económico, a no ser que contara con la autorización expresa de su “amo y señor”. Durante la Edad Media, la posición del jefe de la familia siguió siendo la de un  soberano absoluto.

El artesano de la Edad Media dirigía un equipo de trabajo integrado por sus hijos y parientes, desempeñando al mismo tiempo los papeles de padre y patrón. Ejercía una autoridad paternal incluso sobre los aprendices y auxiliares que trabajaban en sus pequeños talleres y vivían bajo su mismo techo.

Esa misma posición perduró a lo largo de los siglos en casi todo el mundo occidental hasta que se produjo lo que conocemos como la Revolución Industrial. La función del grupo familiar como unidad de producción desaparece en la ciudades modernas. Cada individuo tiene su propio trabajo fuera de la casa y es raro que dos parientes trabajen en la misma fábrica o en las mismas oficinas. Es fácil percibir las consecuencias que este cambio ha tenido en las relaciones familiares. En primer lugar, el tiempo que la mayoría de las personas pasa con sus familiares disminuyó mucho. Es común que un hombre sólo pueda permanecer junto a su esposa y a sus hijos por la noche, después de regresar del trabajo, y durante los fines de semana.

Tal vez más importante que esto sea el hecho de que cada individuo desarrolle una serie de relaciones y de intereses fuera del grupo familiar. Si el marido y al mujer tienen cada uno su empleo, es natural que se establezcan amistades por separado, dentro de grupos y en lugares más o menos distantes. La familia deja de ser el “mundo” de las personas y pasa a ocupar apenas una pequeña parte de sus vidas.

Desde el punto de vista económico, el grupo familiar se limita a desempeñar el papel de una unidad de consumo. En general, la renta proveniente del trabajo de los diversos miembros de la “casa” se invierte en cubrir un único presupuesto doméstico. El padre, como jefe de la familia, tiene la última palabra sobre la distribución de los gastos. Él es quien decide cuándo y qué es lo que se debe comprar, por lo menos en lo que se refiere a erogaciones verdaderamente importantes. Pero ya no se encuentra en condiciones de controlar el  trabajo de los hijos y de la esposa.

Otra transformación notable que están experimentando las relaciones familiares dentro de la sociedad urbana, es la disminución de aquello que llamamos unidad doméstica. Se está volviendo relativamente raro encontrar a más de dos generaciones viviendo bajo el mismo techo. Lo más común es que cada casa esté habitada solamente por una pareja y sus hijos. Las visitas entre parientes también han dejado de ser muy frecuentes. Un individuo, rara vez tiene contacto frecuente con sus tíos, tías y primos, aun cuando todos ellos vivan en la misma ciudad.

Todos estos factores contienen a cada persona una autonomía mucho mayor en relación a la familia, aunque sin duda alguna ésta continúa unida por fuertes lazos sentimentales y de solidaridad.

No obstante ello, estos lazos no tienen el mismo carácter de imposición y casi sagrado que tenían hace cien años.

Naturalmente, este cambio no pudo producirse sin generar roces y temores. Los roces son más grandes cuanto mayor es la desconfianza que experimentan las generaciones más viejas en relación en relación con lo que les parece una “subversión del orden natural de las cosas”. De cualquier manera, afirmar que la familia está a punto de hundirse en el caos (o que es una institución superada y condenada a desaparecer), es aun aventurado.

LOS HIJOS DEL ESTADO

Pelo largo, faldas cortas y rebeldía no son, en última instancia, los únicos fenómenos nuevos relacionados con la familia. En algunos países, el desarrollo alcanzado por los servicios públicos en el campo dela asistencia a la infancia y a la maternidad, está “revolucionando” verdaderamente las relaciones familiares. En la Unión Soviética, por ejemplo, todos los establecimientos donde trabajan mujeres tienen guarderías propias o en los alrededores. Durante el período de la gravidez y mientras ella amamanta a su hijo, la mujer goza de condiciones especiales en el trabajo. Las vacaciones pagas antes y después del parto son bastante largas, e incluso pueden ser prolongadas si el médico lo considera  necesario. Además, todos los servicios de asistencia médica y hospitalaria son gratuitos. Los kibbutzim israelitas también han adoptado el sistema de guarderías, donde los niños se van acostumbrando desde muy pequeños a una vida comunitaria. En línea generalizada, en los países más desarrollados tanto de Oriente como de Occidente, la sociedad empieza a asumir una serie de responsabilidades que antes recaían sobre el grupo familiar. Este checo representa una mayor seguridad para la familia. Por otra parte, hace de los lazos del cariño y de la afinidad la verdadera base de unión entre un hombre, una mujer y sus hijos. En este sentido, el hogar se transforma en un lugar en el que la actividad se expresa en forma libre y desinteresada.

Los cambios de la organización familiar han sido acompañados por otras transformaciones experimentadas dentro de la sociedad, pero la familia se conserva a pesar de dichos cambios, o más exactamente, gracias a ellos.

Si la institución familiar logró sobrevivir a periodos de transformaciones sociales, radicales y violentas, como las que vivieron en la Rusia de la época de la revolución y de la guerra civil, no hay razones firmas y valederas para suponer que su supervivencia se halle amenazada en occidente.

En realidad, es muy posible que los defensores más intransigentes del patriarcado y de las tradiciones del siglo XVIII constituyan la amenaza más seria para la estabilidad de la familia. Quien ya haya  vivido alguna vez la experiencia de frenar violentamente un automóvil que se desplaza a gran velocidad (y sobrevivió a dicha experiencia), sabe que “estable” e “inmóvil” no son siempre términos equivalentes. El intento de imponer un tipo tradicional de organización familiar a una sociedad que se haya atravesando  un período de rápidos cambios, aun siendo bien intencionado, puede tener consecuencias semejantes a las que pretende evitar, pero más desastrosas.